Una pequeña belleza que perfecciona el mundo

Árbol en el atardecer

Trabajo multidisciplinario Poesía y Pintura

Entre el milagro del ocaso. Donde la palabra se diluye como en un sueño.

Entre la última luz. La última línea líquida y arcillosa.

Donde se inicia el infinito de la dualidad que define todas las realidades.

 

Un ojo astral nos mira desde la distancia de lo que ya no existe

y alimenta el equilibrio del mundo en la raíz de la vida.

Todo cabe en este milagro, todo confluye: el azar y el tiempo.

Se encuentra a sí misma en un rincón de la realidad extraviada, oculta para ser feliz y original.

 

Las venas de la tierra alimentan las venas de la vida que absorbe al ojo infinito.

Entiendo al árbol que se suspende desde su gravedad.

Entiendo al árbol, que desde la raíz de la luz y la raíz de la tierra,

disfruta de una pequeña belleza que perfecciona al mundo.

 

Ubb 16 de Nov 2017

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Una pequeña belleza que perfecciona el mundo

Árbol en el atardecer

Trabajo multidisciplinario Poesía y Pintura

Entre el milagro del ocaso. Donde la palabra se diluye como en un sueño.

Entre la última luz. La última línea líquida y arcillosa.

Donde se inicia el infinito de la dualidad que define todas las realidades.

 

Un ojo astral nos mira desde la distancia de lo que ya no existe

y alimenta el equilibrio del mundo en la raíz de la vida.

Todo cabe en este milagro, todo confluye: el azar y el tiempo.

Se encuentra a sí misma en un rincón de la realidad extraviada, oculta para ser feliz y original.

 

Las venas de la tierra alimentan las venas de la vida que absorbe al ojo infinito.

Entiendo al árbol que se suspende desde su gravedad.

Entiendo al árbol, que desde la raíz de la luz y la raíz de la tierra,

disfruta de una pequeña belleza que perfecciona al mundo.

 

Ubb 16 de Nov 2017

Una pequeña belleza que perfecciona el mundo

Entre el milagro del ocaso. Donde la palabra se diluye como en un sueño.

Entre la última luz. La última línea líquida y arcillosa.

Donde se inicia el infinito de la dualidad que define todas las realidades.

 

Un ojo astral nos mira desde la distancia de lo que ya no existe

y alimenta el equilibrio del mundo en la raíz de la vida.

Todo cabe en este milagro, todo confluye: el azar y el tiempo.

Se encuentra a sí misma en un rincón de la realidad extraviada, oculta para ser feliz y original.

 

Las venas de la tierra alimentan las venas de la vida que absorbe al ojo infinito.

Entiendo al árbol que se suspende desde su gravedad.

Entiendo al árbol, que desde la raíz de la luz y la raíz de la tierra,

disfruta de una pequeña belleza que perfecciona al mundo.

 

Ubb 16 de Nov 2017

La literatura como vida, la transgresión y el devenir, en Piedra Negra o del Temblar de Leopoldo María Panero1

Introducción En este trabajo analizamos Piedra negra o del temblar (1992) de Leopoldo María Panero. De este texto podemos señalar como rasgo trascendente “la pérdida del límite” entre la concepción…

Origen: La literatura como vida, la transgresión y el devenir, en Piedra Negra o del Temblar de Leopoldo María Panero1

El Camino del Chasqui — Alejandro Ruiz Norambuena

Confesiones de un testigo del norte

 

En el desierto, oculto entre pergaminos, espejismos e historias que la arena abraza con su áspera piel. Me encuentro desvanecido y fulminado, feliz y consternado. Sentimientos de las palabras de la piel alborotan mis significados como presagios del alma de un recuerdo. Saber que puedes volar alto, sobre cumbres que nadie ha imaginado, sobre las alas de animales que sólo la mente puede percibir con la imaginación de un niño.

Veo en la lejanía como corre, un ser famélico, pero bellísimamente veloz, como un puma sigiloso, parece no tocar el suelo decir que es el viento quien lo eleva y lo transporta sería burlar su habilidad, porque cuando lo vi y en el lugar que lo observé sin que el viento marcase su ausencia hasta que llegó la camanchaca.

Todas mis concepciones de lo mágico se materializaron con esa visión. Siempre he sido devoto de los dioses, mas nunca pensé que vería una cosa así. Parecía que las puntas de sus pies rosaran de forma intermitente y acariciaran la coraza del desierto, la caparazón de fuego del camino del inca que nunca había sido de seda.

La arena parecía latir con cada pisada de ese ser magnífico. Mis cavilaciones tomaron otros rumbos, se disgregaron de lo personal a lo universal. ¿Cómo puede haber tanta diferencia entre ese ser magnífico y yo? ¿Dónde proviene tanta habilidad y supremacía? ¿podría alcanzarlo y preguntarle?¿Cuál será su dialecto?¿Es de este mundo?

Me llena de felicidad el poder haber sido testigo de aquella visión, pero me llena de terror el saber que existen seres así en mi mundo. ¿Qué haría mi pueblo ante el ataque de un ejército con esas características?, nosotros los atacameños, no somos un pueblo guerrero, sabemos defendernos, pero no nos interesa en lo más mínimo pelear. Hemos tenido que lidiar con otras gentes, pero preferimos la creación ante la destrucción.

¿Informo de esto a mi gente o sumerjo mis palabras en instancias de total mutismo? No creo haber sido el único en haberlo observado, lo seguiré trataré de hablar con él y si es necesario detenerlo. Algo muy importante debe estar sucediendo en otras latitudes.

Tomé un atajo que solo los que vivimos en estos lugares conocemos y logré verlo detenerse y casar algo de su morral que parecía comer o masticar. Ese debe ser el secreto de su misteriosa habilidad. También pueden ser aquellos dibujos estampados en su cuerpo o esa cruz que cuelga de su cuello que nosotros conocemos como el mapa territorial de las cuatro latitudes. Nunca habría imaginado el tenerlo como amuleto en mi pecho. ¿Tener tu territorio colgando en tu pecho? ¡Qué extraño!, pero innovador.

Mientras lo miraba tenía la impresión que también él me observaba, pero ¿Cómo? Todo lo relacionado con él era tan confuso y distinto. Un sentimiento extraño me producía la acercarme a él. Yo sabía que algo importante estaba sucediendo y que él tenía las respuestas a mis dudas.

Seguí acercándome tratando de no hacer ningún ruido, en el sigilo de la ausencia total de sonidos lo perdí de vista en un pestañeo mientras recorría a gran velocidad una pequeña cadena montañosa de la cordillera de la costa. Llegué hasta el lugar donde estaba este veloz ser, en ese instante y en un idioma extraño escuché una frase que nunca olvidé, en ese instante volteé mi cabeza y al mirar sus ojos, desde el cielo, un impacto un impacto apagó mis sentidos de un soplido como cuando se apaga una llama en la oscuridad, esa frase significa: “nadie me detendrá”.

 

 

Espíritu de Rastreador

 

Estaba caminando hacia la costa, toda mi vida me ha gustado viajar y disfrutar de la magnificencia de ese otro desierto líquido y lleno de espejismos, mar. Recuerdo mi niñez, cuando con mis padres bajo la excusa de trabajar visitamos ese hermoso lugar. A los atacameños nos da mucho miedo el lenguaje del mar ese rugido imponente que hace temblar las dunas en nuestros corazones, sobre todo cuando se molesta con nosotros por no rendirle tributos. Los ancianos recuerdan y narran historias de serpientes de agua y monstruos gigantes devorando todo a su paso, furiosos enseñaron a mi pueblo que uno de los valores fundamentales de todo pueblo es la humildad. El mar cada cierto tiempo nos enseña los valores fundamentales que debemos cultivar.

Siempre me ha fascinado el mar y es por eso que he dedicado gran parte de mi vida a observarlo. Mi trabajo como recolector y comerciante me permite observarlo por horas, respirar su aliento y escuchar sus rugidos ¿Qué sería de mi vida sin el mar? ¿Cómo alguien puede vivir sin hacer lo que añora?¿Cómo podría pensar sin sentarme a su lado? Su briza acaricia mi pecho refrescando mi alma.

Hoy como todos los días estaba caminando del pueblo al mar, algo en mi mente me decía que debía apurarme, me sentía lleno de energía. Hoy necesitaba llegar a esa orilla y disfrutar de aquel instante que mueve mi existencia, pero además de ese sentimiento algo hacía latir mi corazón con más determinación, sentía una triste pasión. Una inquietud que movía la arena en mi pecho.

Caminé, luego nació la necesidad de correr, llegué al mar pero la sensación no terminaba, sentía como que el mar, por primera vez no me llenaba, en ese momento pensé que una tristeza inundaría mi alma, aquel día que el mar ya no colmara mi corazón, pero no fue así, tirado en la arena. Tirado en la arena sentía que tenía que moverme, buscar la respuesta a esta necesidad que surgía desde la playa pero sin el mar.

Oré como todos los días a mi bella divinidad, expresando mi respeto y admiración ante la milagrosa e imponente belleza. Me preguntaba ¿Qué pasa? ¿Qué busco? ¿Por qué mi alma está intranquila y desesperada? Miré a todos lados, corrí de este a oeste hasta que observé a una sombra rosar la arena. “Es el reflejo de un ave” me dije, más no fue así, las sombras de las aves no dejan rastros en la arena. Parecía la huella de un hombre joven y delgado.

Mi padre fue un rastreador de primera línea aunque nadie lo sabía. Ese fue nuestro secreto. Si los líderes de mi pueblo se hubiesen enterado del pasado de mi padre lo más seguro sería que yo no estaría vivo o sería esclavo de uno de los líderes.

Seguí sus huellas, me sorprendí del poco peso de ese hombre, apenas podía observar su rastro, al parecer corría con un ritmo determinado, como impulsándose al correr, porque sus huellas parecían escribir una melodía.

Seguí el rastro de mi corazón, me decía que aquí estaría la respuesta a esta sensación adictiva y enfermiza. Corrí lo más rápido que pude, con la mirada fija en el rastro. Levanté  mis ojos y atisbé las sombras de dos seres que parecían estudiar sus pensamientos. Uno muy extraño, de una contextura muy delgada y su vestuario era muy extraño, el otro parecía pertenecer a mi tribu. El hombre delgadamente extraño me miró sigiloso y dejó caer toda su brutalidad en un grito sobre mi coterráneo y luego huyó a una velocidad impresionante. Ahí logré darme cuenta del por qué de sus rastros, aquellas pisadas intermitentes y sutiles.

Mi coterráneo estaba sangrando mucho. Su cabeza parecía tener deseos de llenar el desierto con su sangre. El hombre murmuraba inconsciente que tenía que confirmar algo a la tribu, empero no veía futuro en sus palabras.

El hombre extraño había tapado parte de la herida con unas hierbas masticadas que yo terminé de aplicar. El ungüento perecía de origen divino ya que en unos instantes había detenido el melancólico llanto de la herida.

Mi padre decía que todo viaje, por muy pequeño que sea, deja una enseñanza. Por mi parte, he estado pensado todo el camino mientras llevo a este hombre con las curanderas ¿Cuál es la enseñanza de este viaje? Todo es extraño ¿Qué representa ese ser tan delgado? ¿Por qué se aparece como un espíritu para luego desaparecer y no decir nada, ni dejar ningún mensaje? ¿por qué golpeó de muerte a este hombre y luego le salva la vida? ¿por qué tenía que ser yo el testigo de dicho infortunio?

En el camino los cuervos y animales salvajes de rapiña peleaban conmigo. Deseaban devorar a ese hombre. Me hablaban en sus extraños idiomas, de gruñidos, alaridos, mas yo les explicaba con la agresividad de una bestia cuidando sus crías.

Un firmamento de dudas se aclararía con el despertar de este hombre. Todo cambiará cuando este hombre nos explique lo que representa el extraño hombre de sigiloso caminar y lo que desea hacer corriendo de esa manera a la tierra de los indomables.

En la tribu, si logran dar vida a su desvalida existencia, se aclararán todas las dudas de mi alma.

Ahora entiendo el deseo desesperado de llegar al mar. Ahora entiendo lo que mi alma esperaba desde que nací. Ahora aprenderé del más importante de mis viajes, padre.

 

 

La respuesta de la curandera de Atacama

 

Creo haber trabajado en esto desde que mi abuela vio en mí el signo de la santidad. Atisbó ésta en mis ojos y marcó mi frente con el signo de la salud, desde aquel día sabría que me dedicaría al oficio más solemne del mundo y de por vida.

Ese día mi abuela me miró a los ojos y comenzó a bailar, a cantar, estaba feliz. Yo no entendía nada porque sus palabras enunciaban un idioma extraño, después sabría que esas melodiosas frases correspondían al idioma de los dioses. En ese trance de artística danza fui testimonio vivo de sus transformaciones, de cómo el lóbulo de sus ojos era cubierto por un angustiante velo blanco, parecía que miraba hacia otra dimensión. “La dimensión de los dioses que comunican el futuro” exclamaba una anciana alfarera del pueblo.

Mi abuela me enseñó, que es imposible mirar a los dioses, hablar con ellos es casi inaudito y que el solo escucharlos deparaba consumir altas cantidades de vital energía.

Mi veterana maestra danzó para mí en el génesis de mis días, una vez que los dioses les señalaron mi secreta habilidad, durmió durante tres soles y tres lunas, el desgaste físico y mental fue de otra dimensión, sangraba de nariz y le dolía todo el cuerpo.

Ella decía: “cuando los dioses me hablan envejezco unos cinco años por lo menos”  nunca creí del todo las cosas que me comentaba aun así asentía con la cabeza por respeto a sus años y por ser una mujer digna de admiración. Era y es mi referente primario.

La aldea cuenta historias legendarias de ella como cuando predijo el ataque del mar al pueblo. Le llaman La leyenda de niña y las serpientes del caos. Dicen que tenía cinco años cuando vio en sueños a una serpiente de agua devorar a los niños y ancianos de la ciudad.

Ella contó este sueño al hombre sabio del desierto y él llevó a los ancianos y niños a la cordillera, a la tierra de los cóndores. Muchos ilusos murieron quedándose en el pueblo, los que sobrevivieron vieron en mi abuela un oráculo al cual debían su vida y respeto. En realidad esa es una de muchas leyendas que se narran de ella. Por ejemplo cuentan que venció a la muerte y que en el desierto seres extraños la raptaron, pero ella los venció y volvió desde dimensiones distintas a las nuestras. Dicen que el tiempo no la toca, como producto de esos acontecimientos.

Nunca me he atrevido a preguntarle nada, porque está tan anciana que me atemoriza el solo hecho de ponerla en aprietos, tengo miedo que muera de la impresión al recordarle aquellos sucesos traumáticos de su juventud.

Ella me dijo:

“estoy en mis últimos días y es tu obligación enamorarte del mundo”. No entiendo a qué se refiere, parece que hablara en un idioma distinto pero al mismo tiempo es el que enunciamos todos los días, trato de decodificar cuando me ha dicho:

“No hay que depender de las cosas que te rodean, nada en la vida te pertenece, porque en el momento de tu muerte lo único que perdurará es tu esencia como ser humano. Tus valores y conocimientos, el respeto y hasta tu aspecto físico se disgregará con las arenas del tiempo.” Entonces, para qué enamorarme del mundo si no me pertenece, si no me lo puedo llevar conmigo después de la muerte, si una vez muerta ya no habrá nada, no tendré nada conmigo.

Ella es muy sabia y no quiere responder, ante esas inquietudes dice:

“Las respuestas deben nacer de tu interior. Si no las descubres personalmente, del mundo que te rodea, no tendrá la relevancia que debe tener y eso provocará vacíos en tu alma que te pueden llevar a la muerte o peor aún, a la ausencia de todo, la nada.”

No creo que exista eso, nunca he visto un lugar en el mundo en el que exista algo así, la nada no existe, por lo menos en nuestro territorio, el universo de las cosas, en el plano de lo material. Es muy anciana y me está atestando de preguntas que nadie puede contestar, ella espera mucho de mí o está tan senil que ya no sabe lo que dice, hace, o espera del mundo y de mí.

Hoy salí con ella, me ha dicho:

“Te enseñaré tu última lección, después de ésta estarás preparada para reemplazarme, no habrá necesidad de que mi existencia ronde estas latitudes, la aldea tendrá la sabiduría de los nuevos tiempos. Tú sabiduría mi hermosa niña”.

La abuela se despidió de cada uno de los aldeanos, lo sé porque me obligó a memorizar el nombre de cada uno de ellos y su ascendencia desde la primera generación de los tiempos del primer ataque del monstruo de agua.

Una tarea muy compleja para alguien de mi edad, las palabras de los rostros y oficios de cada ser comenzaron a flotar en mi mente como plumas desprendidas de magnánimos cóndores en el ocaso del día, la única manera mediante la cual interioricé todos los nombres fue inventando una canción. Yo la denomina la canción de la familia.

Mi anciana preferida dice: “Si olvidas tu pasado seguirás cometiendo los mismos errores eternamente, el conocimiento nos hace evolucionar sólo de la mano de los valores y sobretodo de la humildad.”

No puedo olvidar aquel día  en el que al cruzar el desierto y disfrutar con cada uno de los matices de la arena, las hermosas noches de luna llena y el firmamento estrellado. Mi abuela me dijo: “Debes aprender a conocer y dominar tus defectos.” Luego durmió suspirando profundamente, parecía seguir hablando con la mirada, estoy segura, se comunicaba con las estrellas del cielo en el  silente idioma de los astros.

En el amanecer, una tormenta de arena se desató. Yo estaba acostumbrada a este tipo de fenómenos climáticos. Para una atacameña de conocimientos avanzados como yo, el encontrarse con el enfurecido espíritu del desierto no era gran cosa, lo verdaderamente extraño eran las dimensiones de éste.

Un monstruo de arena devoraba todo, parecía que desde el cielo un dios bailara al zampar todo a su paso o que una diosa bailara con su vestido de arena y en un abrazo de loco júbilo atrapaba hasta el viento.

Mi abuela, al ver este fenómeno, tomó su bastón, me besó la frente y después de caminar unos pasos hacia al monstruo danzante me dijo: “búscame en el lago a la orilla del volcán, en el lago Chungará allí estaré esperándote, mi niña, mi amor. Recuerda que debes dominarte a ti misma.” Luego me sonrió.

La anciana se dirigió hacia el monstruo danzante cantando una hermosa canción al desierto, y luego desapareció, en ese momento sucedió algo inexplicable, el tornado se alejó de mí, se dirigió al norte de mi aldea y danzaba, con una divina felicidad, al ritmo del coro de mi abuela.

Caminé por muchos días, el paisaje no me parecía agradable, estaba triste y angustiada. Creo que me preocupaba más por mi abuela que por mí. En ese instante me sucedió algo que aun no puedo explicar. Producto del cansancio, me arrodillé, mis lágrimas y sudor se transformaron en un lago, en ese lago se reflejó mi cuerpo. Éste me tomó de los hombros y me sumergió en ese mundo. No describiré lo sucedido allí, porque no quiero ningún cuestionamiento con respecto a mi lucidez, además la compleja y sorprendente narración de la experiencia en ese universo me depararía todo una vida. Allí logré aprender a conocerme a mí misma y dominarme.

Una vez que retorné de aquel lugar, al otro lado de mí misma, no fue difícil encontrar el lago y a mí abuela, La adorable anciana mordía muy complacida una hoja de coca. Parecía diez o veinte años más joven, fue difícil identificarla, ya que sonreía con casi todos sus dientes.

 

 

La primera noche en el desierto

 

Fue extraño cruzar el desierto, fue difícil leer el comportamiento de la naturaleza árida de ese bosque de rayos de luz que arañan tu cuerpo como cuerdas de fuego que te rozan con velocidad.

Hablé con seres extraños de acentos distintos a los míos, parecía que la noche era el momento propicio para el encuentro con el otro. Es difícil describir la manera en que me comunicaba con estos transeúntes, ya que no hablábamos el mismo idioma y a veces no emitíamos ningún sonido sólo gestos y miradas al alma, el dialecto de las intuiciones nos permitía éste esencial capricho, basados en la sinceridad, transmitíamos aquellos mensajes que nacían de la trasparencia de lo humano.

Creo que hubo momentos en que desarrollamos mecanismos de comunicación telepática. Fue impresionante leer el alma de cada persona con la que hablaba y sorprendente la cantidad de días que seguí el camino a encontrarme con mi abuela. Lo que más me extrañó fue la manera como  desaparecía cada uno de ellos en la penumbra, parecía que la noche los devoraba con su manto de seda oscura.

Una de las visitas nocturnas a mi fogata fue realizada por un anciano cazador. A éste longevo y dulce compañero de viaje lo movía la imperiosa búsqueda un lugar paradisíaco en el desierto, me dijo: “Es el lugar más hermoso del mundo, en el que habitan animales gigantes. Monstruos con piel de escamas que parecían culebras o lagartijas descomunales, su tamaño superaba al de diez hombres y su fuerza hacía temblar la tierra”.

Este hombre vestido de manera muy extraña con pieles de otras latitudes, estaba armado con lanzas de piedras preciosas, él señalaba: “estas piedras mágicas permiten atravesar la piel de metal de los monstruos, pero necesito de tu ayuda, porque estos gigantes siempre están protegidos por brujos que representan la fuerza del valle perdido”.

Mientras el anciano fabricaba una de sus lanzas con la paciencia propia de un guerrero de otros tiempos Señalaba: “este valle estaba constituido por copiosos árboles gigantes, tan antiguos como el tiempo, el lugar era muy húmedo y había mucha comida, era el paraíso en la tierra, los insectos eran del tamaño de una chinchilla y los que vivían ahí nunca envejecían”.

Miraba la hermosa luna como si ella fuera una divinidad a la que suplicaba el poder cumplir con su cometido, me decía: “yo como cazador y guerrero, el último de mi tribu, estoy obligado a vivir allí y cumplir el único objetivo en mi vida y para el cual nací, el que es cazar a uno de esos monstruos gigantes”.

Estaba muy interesada en la narración del cazador, me parecía vital captar su historia para preguntarle a mi abuela sobre este lugar tan bello.

“Si no logro cumplir mi destino no podré descansar en paz” me decía mientras ensayaba con su lanza haciendo la mímica de la cacería de monstruos.

Me mostró sus numerosas cicatrices de las que orgullosamente señalaba: “Mira el regalo que me dejó con un colmillo esta fiera del desierto, la cicatriz en mi pecho fue un zarpazo de un felino que medía diez metros, agonicé quince días después de acabar con su vida, su última mirada aun habita en mí”. Algo de él me parecía familiar, me sentía feliz con cada una de sus numerosas proezas, era un excelente contador de historias, pero no sólo eso también un ferviente cazador, cada una de las historias estaban escritas en algún lugar de su cuerpo. No sé qué me parecía más extraño la cantidad de veces que luchó con la muerte abrazando la victoria o la posibilidad de que aun siguiera vivo.

Después de hablar, durante toda la noche, se despidió de mí cantando en un idioma que no reconocí, más bien parecía tararear un himno a la lucha con lanza, ya que al finalizar cada verso realizaba estocadas al aire. Luego, lentamente, fue devorado por la luz de la mañana mientras atenuaba su canto al unísono con la llegada del luminoso rey. No lo volví a ver nunca más.

 

 

La noche de la maternidad

 

Una noche siguió a la otra con acontecimientos reveladores para mi crecimiento como ser humano y parte del todo. La oscuridad se hacía presente con su característico manto, las nubes nos privaban de la belleza nocturna del desierto.

Un niño extraviado llegó a mí con su rostro inundado de tristeza. Buscaba a su madre que había desaparecido en los alrededores de un lago. Era evidente que en ese lugar no había ningún lago, debe haber sido un espejismo. Al verme corrió a mis brazos confundiéndome con su madre, me decía aterrado: “Mamita, mamita no quiero estar solito, no vallas al lago otra vez, de allá no vuelves”, parecía algo afiebrado por el sol. Le di agua y zumo de frutas e infusiones de hierbas para que volviera a la normalidad, pero aun así seguía con su delirio. Me hablaba en todo momento de cómo se había perdido y de cómo había llegado hasta allí.

Él hacía preparativos para el futuro. Dónde viviríamos y qué haría él cuando llegara a ser adulto y cómo me llevaría con él cuando fuera anciana.

Esa noche al dormir abrazada a él  sentí su cuerpo oprimir fuertemente el mío, sus uñas se enterraban en mi espalda como si se tratara de un animal descomunal, intenté soltarme, pero no pude desatar ese abrazo mortal. Una tremenda debilidad comenzó a desvirtuar mi mirada. El mundo se nubló y el sudor ahogó mis ojos, rendida lo arrullé con todas mis fuerzas, con la ternura creadora de la vida y lo besé en su frente, rogaba a los dioses por él, para que dejara su actitud malévola de dañar y odiar a la especie humana. Un sentimiento de profunda protección nació de mí como nunca. Nacía desde mi mente cuestionamientos propios de una madre: “si me mata quién cuidaría de él, un niño sólo en el desierto necesita de una madre, morirá por el calor del día y lo árido del desierto”. Nunca pensé en mí, nunca rogué por mí.

Caí en un profundo sueño y al otro día estaba sola, con grandes y horribles marcas en mi espalda y una cruz andina estaba dibujada con cenizas en la arena.

 

 

El Sueño del Testigo del Norte

Como si el peso del mundo se multiplicara con la ausencia, como si la gravedad del mundo soñara con el espacio exterior así me veía junto a la niebla, nubes de una dulzura propia del maqui o de la mora cocida en el fogón de mi abuela. Yo estaba recostado sobre la niebla, flotando, no podía moverme y la voz de un hombre relativamente joven me hablaba. Llenándome de preguntas y narrando anécdotas de su niñez que en una primera instancia no me importaban, pero que ahora era el código del mapa del laberinto mortal por el cual viajaba sin poder tomar alguna decisión.

Los dioses, al parecer, ya habían escrito mi destino y mi existencia viajaba a las profundidades de la tierra, al reino de la serpiente, donde los difuntos habitan inhalando muerte y exhalando recuerdos, experiencias que viven en sus cerebros marchitos.

En medio de la niebla pude ponerme de pie y recuperar mi movilidad. El dolor de mis rodillas otorgaba solemnidad a mi postura. Miré con dificultad el suelo evaporado y, a pesar de toda la frialdad de aquél lugar demoniaco, éste no me impedía mantener viva la esperanza de que algo importante sucedería.

Una mano pesada, fuerte, pero al mismo tiempo delgada me obligó a girar mi cuerpo y a observar aquello que me sostenía.

En un idioma distinto, que no me era ajeno, que podía entenderlo me decía: “No temas no te haré nada… no quiero hacerte daño”. Luego al darse cuenta de lo asustado que estaba me decía: “no me obligues a hacerte daño, tengo que contarte una historia que habitará en tu memoria hasta la muerte”. Al mencionar la postrera sentí unos deseos tremendos de arrancar.

Ese hombre había sido el mismo que había observado corriendo por la costa, que me había golpeado y había acabado con mi vida. Este ser esbelto y ágil intentaba apaciguar el intenso terror que me habitaba y se sentía culpable de algo.

Esperé que se calmara y se descuidara para poder huir. El miró la luna suspirando y orando unos versos parecidos a una canción. En ese instante me vi libre y decidí correr a toda velocidad. El famélico hombre emitió un alarido extraño con algo que puso en su boca. En ese momento, entre la niebla surgieron sombras de antepasados del hombre extraño que murmuraban: “te necesitamos para cumplir nuestro cometido… los dioses lo han escrito todo… ellos todo lo escriben con sangre o en piedra en alma de oro del destino.”

Intentaba eludirlos, peleaba con ellos, utilizaba todas mis fuerzas, toda mi velocidad y todas mis habilidades como guerrero. Salté por sobre piedras gigantes, me colgaba de árboles extraños e inmensos, árboles con espinas que quemaban mis manos y pies. Finalmente llegué a un lugar plano parecido a las canchas de pelota que utilizaban los pueblos del norte, allí pude respirar mirar al cielo que estaba semiprotegido por nubes, al observar la velocidad de estas parecía que los dioses soplaban la espuma del mar de sueños dispersos.

Un hombre de pequeña estatura mordió mi mano y me dijo: “ya has pagado tu colmillo de puma”. Me aproximé a él para golpearlo y él me entregó una cuchilla, la que estaba confeccionada con un material desconocido para mí y que me enceguecía su brillo calipso.

En ese instante cuatro hombres muy distintos entre sí, parecían pertenecer a razas distintas, ya que hasta su vestimenta era extraña para mí, se acercaron sigilosamente con deseo de atacarme.

Dejé mi daga y posando mis manos y rodillas en el suelo de piedra del lugar, miré al cielo y dije: “no pelearé con nadie sin una razón justificada”

Uno de los hombres saltó desde uno de los árboles, corrió por la cancha y segundos antes de propinarme una gran patada en el rostro me dijo: “Otro maldito Tiwanaku, viva la unión de lo distinto”

Luego escupió al suelo y riendo me dijo: “esta no es una razón poderosa, hombre de paz” y volvió a escupir el suelo.

En mi aldea quien escupe el suelo es un gesto inaceptable, quien escupe el suelo escupe a la Madre Tierra, nuestra máxima divinidad.

Hice todo lo posible para ignorar el gesto, yo no deseaba pelear con nadie, “el odio engendra maldad” decía el anciano de mi pueblo.

Los cuatro hombres reían y se burlaban de mí. Cada uno sacó un arma y me atacaron con gran brutalidad. Eludí por mucho tiempo la gran mayoría de los golpes que me propinaban hasta que un rugido entre los árboles, como el de un puma gigante hizo que los cuatro hombres desistieran de tu tarea.

Nunca me había enfrentado a guerreros con tanta habilidad. Eran tan rápidos que parecía que flotaban. Eran ambidiestros, se movían con la misma agilidad tanto en sus piernas como sus brazos, parecían guerreros perfectos, claro que los cuatro eran totalmente diferentes entre sí en su manera de luchar, en el tipo de arma que dominaban, en su contextura física, en sus habilidades corporales y mentales.

Uno de ellos era muy extraño, el color de su piel parecía engendrado por la luna, era del color de los ojos de los magos cuando hablan con los dioses. Era el más ágil de los cuatro y su cuerpo, a pesar de no ser muy alto presentaba una figura vigorosa que ocultaba una fuerza descomunal comparable solo con su rapidez.

Él obligó a los otros guerrero a no luchar conmigo, les dijo: “no es necesario que los tres lo enfrentemos, yo lo haré luchar, todos los Tiwanaku son iguales, son como niños, hijos de los elementos, vicarios de la paz, sin una razón poderosa no peleará a menos que Tata Inti o Pachamama sea afectada. ”

 

El enfrentamiento con el guerrero de blanca piel

 

Se escuchó, con la velocidad de un sueño, entre los árboles sonidos, alaridos, estruendos, parecía que el mundo se caía a pedazos, una cantidad inconmensurable de maleza y árboles eran desgarradas de las entrañas de la selva. En el momento en que se asomaba esa monstruosa figura y mientras tres de los cuatro guerreros, aterrados se arrodillaban y posaban tiritando sus armas al suelo. El guerrero blanco se acercó y le dijo algo en un idioma muy antiguo y extraño, lo cual hizo que se calmara la bestia.

El guerrero blanco alzó su mano gritando, se sacó su armadura de cuero de su pecho, la arrojó al suelo, giró corrió a toda velocidad hacia mí pronunciando una oración como si cantara un himno a la guerra y me propinó un golpe en el pecho que logré sentir sólo minutos después del furioso impacto. Sería un mentiroso si no dijera que intenté eludirlo, pero me fue imposible, la habilidad de este guerrero me superaba por mucho, un aire de impotencia y frustración comenzó a inundar mi rededor.

Me propinó otro golpe que me levantó de las costillas, sentía como si mi pecho bostezara, gritando en silencio, parecía como si mi alma estuviera en mi tráquea y se resistiera a ser palabra.

De rodillas miraba  cómo se jactaba de su habilidad, en ese momento corrió nuevamente y al ser envestido me dijo:

“pelea Tiwanaku, pelea y podrás volver a tus ruinas a meditar”

Me volvió a propinar más golpes con una ferocidad indescriptible al parecer me conocía porque al golpearme otra vez en la quijada me dijo:

“nuevamente nos vemos y en las mismas circunstancias”

Y seguía con la agresiva empresa.

Le dije, retomando mi postura erguida, digna y haciendo un gesto de paz:

“no me acuerdo, no entiendo de qué me hablas”

Me respondió, cada vez parecía incrementar su encono:

“¡Tiwanaku, pelea!”

Parecía desesperarlo la idea de que yo no quisiera defenderme, parecía esperar que yo hiciera algo, pero no lograba entender nada, estaba seguro que me conocía y yo no recordaba ni entendía mucho de lo que intentaba indicarme,

“me confundes con otra persona” le dije.

Me siguió golpeando y uno de sus golpes me lo propinó en el pecho, en ese momento dejó en mi pecho un collar, una especie de talismán con una forma que me era muy familiar y me dijo:

“toma entrégaselo a la sacerdotisa niña ella sabrá qué hacer con él”.

Al recibir el talismán sus golpes no me dolían e incluso, se me hizo fácil contrarrestar sus movimientos agresivos. Lo empujé con la palma de mi mano y fue a caer muy lejos quedando mal trecho. De entre la selva comenzó a moverse la criatura y a saltar todo tipo de objetos que la rodeaban y los rugidos y alaridos hacían temblar mi alma junto con la tierra.

El guerrero blanco me gritó:

“soy el guerrero Chachapoya, guardián de la cruz andina de los hombre de la luna”

Le respondí con todo mi cuerpo y boca destruida:

“lo siento, no creo ser a quién buscas, no entiendo nada”

Y él me gritó en otro idioma y luego en el mío:

“¡Despierta Tiwanaku, despierta! Nos veremos en la tierra del cóndor, en la otra vida”

Me sonrió y se dispuso a enfrentar a la bestia descomunal que se acercaba.

El talismán comenzó a brillar, a medida que se aproximaba aquél ser descomunal, y su estructura de piedra y metal se movía como si hubiera cobrado vida.

En ese momento desperté de esa pesadilla que parecía más real que la visión pasiva de dos rostros de mujer que me estudiaban con determinación y curiosidad.

 

 

 

 

 

 

Lo Rojas

Lo Rojas

24 de mayo de 2015

Caminé rozando con el alma de mis pasos,

las navajas de las hojas y la arena,

que inundan de nostálgica felicidad,

cada célula de los átomos de mi cuerpo.

Mis sentidos fueron golpeados,

disminuidos por metálicos tentáculos,

venas que nacían de las entrañas del metal,

a las entrañas de flotantes aceros.

El hedor que respiraban los poros de mis poros,

golpearon mi cabeza sin impacto,

mis rodillas besaron la arena

alfombrada de baboso césped,

opacada por el desconsuelo.

Vomité con la tristeza del pingüino bañado de petróleo,

mis ojos miraron mi cerebro.

Llegaron señores obesos de ironía,

pesaron mis sentidos,

midieron mi desconsuelo,

tomaron mi vómito, lo vendieron y exportaron a tierras extranjeras

y ahora construyo con lágrimas peceras de hielo,

derretidos, en alfombras de esos pobres que miran sus cerebros,

con ojos transparentes,

como la convivencia humana.

Flecha

Veloz impulsada por el espíritu

desprendida del vacío

encendida por la energía disgregada.

Es flecha

nacida en el grito que quiebra lo material

como cenizas besadas por el viento.

Es flecha

que araña la imagen

y desprende del bosque

su signo invisible y fugas.

Es flecha

que sólo a través de su paso

aflora, libera lo que el alma oculta

en el verdadero nacer de lo material.

Es flecha

que desde la pupila

flota, volátil siguiendo y buscando

el corazón de los fantasmas perdidos

que se desprenden del pasado.

construyendo figuras invisibles

que en el viento se desvanecen.

Es flecha

que bajo la mirada

se escapan todas las sensaciones

en la presencia veloz, en la pulsada eléctrica

tenue, mortal, que muere en el infinito

y se pierde bajo el suspiro relajado

de quien no tiene alma

y busca el origen del filo para encontrar la luz.

Alejandro Ruiz Norambuena